México campeón 2.0

para mi papá


Yo solo quiero dos cosas para mi país: que aumente el nivel de lectura y que México gane un Mundial de Futbol. 

–“Uy, no sé cuál está más difícil”, suele ser la respuesta escéptica.


Así es, pertenezco a una minoría de testarudos delirantes que consideran factible añadir una estrella dorada al escudo de la Selección Mexicana. Despedí a más de un compañero de prepa con “México campeón Sudáfrica 2010” firmado en su anuario y mi descripción personal en redes sociales mostró esa leyenda hasta el último minuto del último juego de México en ese torneo. Acto seguido cambió a “México campeón Brasil 2014” y así se ha ido actualizando cada cuatro años; prueba digital de que llevo años en este barco.


Desde que tengo memoria hay futbol en casa, cortesía de mi papá, ávido jugador y seguidor que en algún punto consideró seriamente perseguir una carrera como profesional. Terminó estudiando ingeniería, guiado por la misma practicidad que le indicó los riesgos de apostar todo su futuro en una carrera vulnerable a lesiones físicas. 


Mis lecciones futbolísticas empezaron en retas de cochera y terminaron con el rostro empolvado después de un único entrenamiento en primaria, el día que mis amigas sonsacadoras no fueron y enfrenté sola al pelotón de niños que entrenaba a la misma hora.  


Mi afición de Liguilla solo ha encontrado puerto seguro frente a la ficción realista de los Cuervos Negros Salvajes de Nuevo Toledo en la pantalla chica. Una vez más, mi padre fue el silencioso facilitador del vicio, regalándome una playera oficial de franjas negras y blancas, uniformando en silencio al pequeño monstruo que había creado al gritar goles y murmurar reclamos ante jugadores sudando la gota gorda frente a las cámaras de televisión. 


Sin duda mi lealtad es y siempre ha sido para la Selección de México, ya sea de verde, negro y hasta de blanco –pese a resultados mixtos cuando portamos aquel uniforme de visitante. Mi anhelo más grande es ver a la Selección campeona del mundo. Pese a nuestros triunfos en la pionera aunque apócrifa copa femenil de 1971 (según FIFA), así como los campeonatos sub-17, queda claro que al día de hoy, no hay comparación ante la fiesta, emoción y folclor que trae consigo la Copa Mundial varonil.


Mis primeros recuerdos de un Mundial son de Francia 98, ocasión cementada en la memoria porque el festival de kínder que culminó con toda la escuela coreando La copa de la vida. Recuerdo ver en la tele de mis abuelos –eternamente sintonizada en canales abiertos–, los penaltis de la semifinal entre Brasil y Países Bajos, creando por años el falso recuerdo de una Brasil victoriosa de todo el torneo. 



Hola Ricky.


El Mundial de Corea-Japón se me dibuja entre sueños, cabeceando por ver partidos en vivo a las tres de la mañana. Mis primeros acercamientos a los contenidos televisivos de temporada llegaron con Tachidito en TV Azteca y cápsulas del Disney Channel impartiendo consejos para ver los partidos y ‘encapsular’ los festejos de gol en un frasco, a reserva de despertar a los vecinos. 


En esa ocasión nos eliminó Estados Unidos en octavos de final y no perdoné a los gringos, hasta que les ganamos 5-0 en la final de la Copa Oro 2009. En Alemania 2006 y Sudáfrica 2010, México sucumbió en el infame cuarto partido ante Argentina. La primera vez me enteré de la desgracia a mitad de un viaje en carretera, siguiendo el avance del marcador en diferentes gasolineras. El encore lo viví de rodillas frente a la televisión en casa de mi abuela. Ella, fiel descendiente de migrantes alemanes, habría de fallecer unos días después, el mismo día que Alemania quedaba en tercer lugar una vez más, luego de haber vengado al Tri frenando a la albiceleste en cuartos. 


Aún no perdono a los argentinos, ni lo haré hasta que México los derrote en alguna final del Mundial. Messi ya obtuvo su trofeo; no tengo tapujos en aguarle la fiesta a los ches.


México acarició la gloria olímpica en 2012, arrebatándole la medalla de oro a los brasileños. Viví esa final en las televisiones comunales de los dormitorios universitarios, en una sala llena de mexicanos y un solitario brasileño de intercambio. 



Aquí escribí al respecto en aquella ocasión.


Todo se perfilaba para lograr una racha histórica en el Mundial de 2014, solo para tropezar con Países Bajos. “No era penal” entró al imaginario colectivo como el sonoro reclamo de una víctima ante la injusta vida, y sin embargo me veo en la necesidad de puntualizar que México iba ganando ese partido, y de no haber flaqueado permitiendo que la Naranja Mecánica igualara el marcador, ese penal no habría tan decisivo. De cualquier forma, benditos sean los designios del universo que me permitieron ver a Países Bajos ser eliminados del Mundial por un penal jugado en Monterrey; vida, estamos en paz.  


Rusia 2018 trajo consigo la memorable victoria frente a Alemania, el entonces campeón defensor. Ese titular lo vi desde Escocia. Regresé a territorio nacional unos días después, luego de terminar las clases de maestría, y habiendo donado la bandera que decoró mi puerta todo ese año a los compatriotas que habrían de pasar el verano de aquel lado del charco. 


Aún mareados de ilusión, luego de provocar un mini sismo en Ciudad de México con los festejos de ese gol del Chucky Lozano, el Tri habría de dejar la justa en el cuarto partido. El otrora victorioso David en esa ocasión no logró superar al gigante Brasil y se retiró en medio de una marea cambiante: “Jugamos como nunca y perdemos como siempre”. 


El conocido lamento apenas hizo eco en Catar 2022 cuando el conjunto tricolor no pasó la fase de grupos, perdiendo como no lo había hecho en más de cuarenta años; mi única alegría en aquel torneo fue enterarme de la derrota Argentina frente a Arabia Saudita, una breve satisfacción malsana que no ha bastado para igualar el marcador en mi resentido corazón.


Llevo más de veinte años cargando la bandera de México Campeón contra viento y marea; diez años cerrando mis semblanzas y CVs con un anhelo que me ha ganado un par de entrevistas; cuatro clausuras mundialistas en las que tomo un shot de tequila por cada gol de México anotado.


–“¡Ya me imagino cómo te vas a poner si algún día ganan!” 


–“Cuando ganemos.”


Aún así admito que el panorama se atisbaba lúgubre frente al inminente Mundial 2026, al cual México clasificó de forma automática por ser uno de los tres anfitriones junto con Canadá y Estados Unidos. Ilusamente me propuse ahorrar lo suficiente para ver la inauguración en vivo, inscribiéndome a los sorteos de la FIFA con años de anticipación. Excluida de la venta temprana, negada a promover la reventa y renuente a gastar cuatro meses de sueldo en un boleto, me resigné a vivir la ocasión a distancia. 


Distancia que amenazaba con abarcar todo el Pacífico, al estar aún inscrita en la última racha de un PhD en China. ¿Estaría dispuesta a posponer mi graduación con tal de volar a México antes del pitazo inicial? 


Me temo que sí.


Esa extensión también fue el resultado de generosas becas, un compromiso familiar en México a finales de mayo, y primordialmente haber pasado el semestre anterior priorizando mi boda por sobre el posgrado… pero un México campeón también cuenta como un acontecimiento único en la vida; no digo un México anfitrión porque mi padre ya ha vivido en carne propia la consolidación de nuestro país como el único con el privilegio de ser sede del torneo en tres ocasiones distintas; ya me tocará vivir la fiesta en casa de nuevo. 


Marx denunciaba el futbol como el opio de las masas, pero lejos de ser estupefaciente, el fútbol parece obrar como gran estimulador. Quizá aún y con esa motivación los preparativos de nuestras ciudades sede estuvieron lejos de completarse a tiempo, pero nadie negará la movilización de masas que se ha visto con cada triunfo del Tri. 


El día 11 de junio del 2026 amanecí nerviosa por el partido inaugural. Confiaba en poder ganarle a Sudáfrica, habiendo empatado con ellos en su propia inauguración del 2010 solamente tras un gol anulado de México (que igual incluí en mi conteo de shots finales). 


Ese día lloré tres veces: una antes de la inauguración y otra por cada gol. Una disculpa, me entró algo de patriotismo en el ojo. 


–“Wow, de veras te importa el Mundial”, dijo mi esposo, como si no me hubiera llevado a ver el partido en casa de mis papás específicamente para que mi padre se hiciera responsable de lidiar con su pequeño monstruo gritón. El siguiente partido contra Corea del Sur nos concentramos de nuevo ahí, ahora con mis suegros y cuñada.



¿Tesis? Hay cosas más importantes en juego.

–“Lo que ustedes no saben es que nosotros tenemos línea directa con los jugadores”, les advirtió mi papá, “nos escuchan a través de la tele, por eso nos van a escuchar gritándoles cosas”, a lo cual todos asintieron con total aceptación.


Vivir el Mundial 2026 en México ha valido totalmente la pena, incluso sin entrar a un estadio o ir a un Fan Fest donde mi baja estatura presentaba el riesgo de no ver bien la pantalla y además ser víctima idónea del “¡Quiere volar!”. 


No, gracias. A mí me basta con ir al supermercado y ver más playeras verdes que en 15 de septiembre; consumir memes en tiempo real; comprobar que aún recuerdo la letra del himno que aprendí en primaria o sentarme a escuchar los gritos de los vecinos que sintonizan una transmisión adelantada y nos anticipan otro gol de Messi o Mbappé.


Pero sobre todas las cosas, ha valido la pena para vivir una vez más la angustia y el furor compartido de gritar un gol con mi papá; por darnos la excusa perfecta para juntar a suegros y cuñados en el departamento de recién casados.


Contra todo pronóstico, México terminó fase de grupos en primer lugar, invicto, sin goles en contra. 


¿Así se siente el primer mundo?

–“¿Cómo estás?” me preguntaron varios amigos. Tardé en entender que se preocupaban por mí después de ver cómo mis deseos delirantes publicados en mayúsculas desde hace años por fin parecían materializarse en el mundo real. Venían a unirse a la fiesta del optimismo patriótico, susurrando “¿y si sí?”, curiosos de ver si no me ahogaría entre tantos goles. 


Admito que esa convicción externa a veces ha sido más testarudez que certeza en las capacidades del equipo, pero frente al quinto partido contra Inglaterra estuve inusualmente calmada y segura de nuestro inminente triunfo en el Azteca. Los dioses nos negaron la satisfacción, pero los jugadores se aseguraron de darnos un partido memorable. 


Así termina la participación de la Selección Mexicana en esta justa deportiva. Dominamos la fase de grupos, pero mejor aún, ganamos el premio como mejor anfitrión hospedando a una selección iraní desdeñada por Estados Unidos, llorando en solidaridad por la eliminación de nuestros compañeros de Corea del Sur, y presentando al mundo lo que significa poner ambiente en la fiesta del futbol –pese al desatinado trato al equipo ecuatoriano fuera de la cancha y el saldo rojo de algunos festejos. 


Se reconoce que México no es perfecto ni lo será, pero ahí radica nuestra humanidad y por ende la oportunidad de ser mejores. Ganar por sí solo no hará de México un mejor país, pero entonar el himno alrededor de la cancha nos une, y la única forma de sacar adelante a nuestro México lindo y querido, es jugando en conjunto. Durante este mes se registró una baja de 33% en homicidio doloso; nunca se ha tratado sólo de futbol. 


El sueño es ver a México ganar el Mundial porque estoy convencida que un logro tangible de esa magnitud haría maravillas por nuestra autoestima nacional. Ciertamente hemos conquistado varias medallas y reconocimientos internacionales, pero basta con mirar atrás un par de semanas para dimensionar la diferencia apabullante que viene al cambiar la mentalidad de fatalismo por una de esperanza.  


Porque ese es el verdadero sueño: ver a México siendo referente mundial. Sabernos compañeros de equipo trabajando por un objetivo común, sin meterle el pie al prójimo ni esconder la boca para insultar a otros. Ser talento nacional reclutado para jugar en el extranjero, pero dispuestos a volver cuando se nos convoca para retribuir a la patria en cuyas canteras inició nuestra trayectoria. 


Ya lloré por nuestra eliminación del Mundial 2026; aún me falta brindar por el excelente desempeño del Tri. Aquí la fiesta no para hasta que México no se corone campeón. Si a los cien años me aferro a la vida con la misma cantaleta, deberán engañar a mi cerebro senil con una simulación de nuestro triunfo mundialista o nunca me dejaré ir. 


El sueño es ver a todo México portando la misma playera dentro y fuera de la cancha. Este 2026 viví una probada y a la fecha ese ha sido el mayor triunfo de la Selección. Aquí seguiremos, incondicionales hasta que el Azteca con su mítico asiento nos convoque a apoyar con fervor. 


¡¡VAMOS MÉXICO!!

 

México Campeón España/Portugal/Marruecos 2030

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